Hay algo interesante en escuchar Andrómeda, este doble sencillo de Caperucita Feroz compuesto por Con tu soledad y Filo. Porque aunque se trate de canciones recientemente publicadas, hay algo en ellas que pareciera venir desde otro tiempo. No solamente por ciertas decisiones sonoras, sino por la forma en que están construidas emocionalmente. Hay una sensibilidad muy cercana a esa tradición del pop español más sentimental de los ochenta, esa movida madrileña donde convivían la melancolía, el desencanto y cierta inocencia emocional en canciones de apariencia ligera, pero emocionalmente bastante más complejas. Algo de Mecano, algo de esa sensibilidad pop que también encontró eco en Chile, en proyectos como Nadie, que recogieron ese relato musical.

Pero más allá de las referencias, hubo algo que me quedó dando vueltas escuchando estas canciones: lo difícil que sigue siendo decir lo que sentimos. Porque incluso muchos artistas, que se supone escriben canciones justamente para expresar aquello que les pasa, muchas veces terminan escondiéndose un poco. En metáforas excesivas, en frases bonitas o en canciones que parecen decir mucho, pero que terminan evitando justamente aquello más incómodo. Acá no: la artista aprovecha su espacio, ese lugar personal, cuál diario de vida, para decir exactamente lo que se quiere decir y que solo el pudor o el miedo podrían impedir. Hay algo bastante más frontal, aunque sin estridencias. Más cercano a esa honestidad medio incómoda de decir algo porque ya no queda demasiado espacio para seguir esquivándolo.

Con tu soledad pareciera habitar ese lugar donde algo ya cambió, pero emocionalmente todavía quedan cosas suspendidas. No desde el dramatismo excesivo, sino desde algo bastante más cotidiano y reconocible, desde la sensación extraña de seguir orbitando emocionalmente algo que ya no está del todo. Filo, en cambio, pareciera moverse hacia otro lugar, más cercano al cansancio emocional, a la necesidad de marcar un límite, de intentar proteger algo de uno mismo después de haber insistido demasiado o simplemente después de haberse agotado.

Quizás uno de los aspectos más interesantes de este doble sencillo está justamente ahí: en ocupar el espacio de la canción no para esconder, sino para decir. O al menos intentarlo. Porque probablemente ese sea uno de los lugares donde todavía resulta posible verbalizar cosas que en una conversación cara a cara seguirían costando bastante más. Y eso no necesariamente tiene que ver con autobiografía o confesión explícita; tiene más que ver con cómo ciertas emociones siguen siendo reconocibles aunque cambien las épocas.

Porque si algo queda dando vueltas después de escuchar Andrómeda es precisamente eso: puede cambiar la estética, la década de inspiración, las formas de relacionarnos o incluso las plataformas donde escuchamos música, pero hay cosas que parecen encontrar siempre nuevas formas de quedarse. La amistad, el amor, los vínculos importantes, la decepción, el orgullo o la necesidad de sentirse cerca de alguien probablemente ya no se expresan igual que hace cuarenta años, pero tampoco desaparecen. Se adaptan. Cambian de lenguaje, de escenario y de códigos, pero siguen ahí.

Quizás por eso estas canciones se sienten familiares incluso cuando parecieran venir desde otro tiempo. Porque más allá de la nostalgia o de sus referencias musicales, hay algo en ellas que sigue encontrando un lugar reconocible en el presente. Una sensación de que, aunque sentir siga siendo difícil de decir, todavía hay canciones que al menos intentan hacerlo sin demasiados rodeos.

Related Post

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *