Pocos han hecho sinapsis entre cuatro hechos que parecieran tener vida propia, pero que en realidad tienen muchísimo más en común de lo que parece. La polémica internacional por las prácticas abusivas de Live Nation y Ticketmaster en Estados Unidos y otras partes del mundo; el precio cada vez más absurdo de las entradas para conciertos en Chile; la paralización de las obras del GAM y su nueva sala para 2.500 personas en pleno centro de Santiago; y el desalojo del Espacio Katarcis en Valparaíso. A eso se suma además el anuncio del nuevo “Music Hall”, impulsado precisamente por Live Nation Entertainment junto a Metro de Santiago.
Y claro, no se trata de caer en teorías conspirativas fáciles ni de hacer acusaciones irresponsables. En Chile el mercado de conciertos funciona a través de distintas productoras y no bajo un monopolio formal como el que se discute en Estados Unidos. Pero sería ingenuo no reconocer ciertas dinámicas que empiezan a parecerse demasiado: precios disparados, acceso cada vez más segmentado por capacidad económica y una industria del entretenimiento que acumula cada vez más poder mientras prácticamente nadie la cuestiona.
Porque mientras el Estado parece retroceder en ciertos espacios culturales, el entretenimiento privado avanza con una estrategia clarísima y con muchísimo músculo financiero detrás. Y el problema no es que existan empresas privadas haciendo negocios con conciertos. El problema es que pareciera que lentamente empezamos a reemplazar política cultural por lógica de mercado, como si fueran exactamente lo mismo. Y no lo son.
La cultura no siempre funciona bajo criterios de rentabilidad inmediata. Muchas veces sus resultados son lentos, invisibles o difíciles de medir. Pero eso no significa que no existan. Lo mismo pasa con la ciencia. Hace unos días José Antonio Kast cuestionó investigaciones financiadas con recursos públicos diciendo que muchas terminan en “un libro bonito” que no genera empleo. Y ahí aparece una lógica bien peligrosa: la idea de que todo tiene que justificar su existencia únicamente por la plata que produce rápido.
Cuando incluso la ciencia empieza a defenderse desde esa lógica, la cultura queda todavía más expuesta. Porque la cultura no solamente produce panoramas. También construye tejido social, memoria, pensamiento crítico, identidad y espacios de encuentro. El problema es que todo eso cuesta muchísimo medirlo en términos de rentabilidad inmediata. Y quizás por eso mismo termina siendo tan fácil abandonarlo.
El caso del Espacio Katarcis en Valparaíso conversa muchísimo con esto. Un espacio cultural y comunitario levantado en un inmueble abandonado desde 2013, propiedad de una empresa eléctrica hoy controlada por capitales chinos, que terminó desalojado en medio de detenidos y un operativo policial bastante duro. Y sí, evidentemente existía un problema legal respecto al inmueble. Pero reducir toda la discusión solamente a eso también es una forma cómoda de no mirar el problema de fondo.
Porque Katarcis no era solamente una toma. Era un espacio donde se hacían talleres, actividades culturales y trabajo comunitario. Funcionaban redes de apoyo para vecinos y adultos mayores del sector. Había organización barrial. Había una función social concreta. Y durante años prácticamente no existió una política seria para buscar soluciones alternativas, comodatos o siquiera una conversación real sobre qué hacer con un espacio que cumplía una función que el propio Estado muchas veces no alcanza a cubrir.
Entonces vuelve a aparecer la misma sensación incómoda: cuando la cultura no genera grandes números, cuando no se transforma en industria del entretenimiento o en negocio rentable, queda completamente sola.
Mientras tanto, empresas gigantescas como Live Nation siguen expandiendo su presencia global en medio de polémicas enormes por precios abusivos, ticketing dinámico y concentración del mercado. Y aunque muchas veces esas discusiones parecen lejanas, Chile hace rato empezó a vivir exactamente las mismas consecuencias. Basta mirar el precio de muchas entradas para entender que asistir a conciertos se transformó en un lujo para muchísima gente. Preventas eternas, cargos absurdos y experiencias VIP cada vez más segmentadas para quienes pueden pagar más.
Pero sería demasiado fácil echarle toda la culpa únicamente a las grandes empresas o al poder económico. Porque también hay una responsabilidad enorme del propio ecosistema cultural chileno. Nos cuesta organizarnos, sostener procesos y construir algo colectivo que dure más allá de la urgencia del momento. Muchas veces quienes se suponen “los buenos” en esta historia son más ingenuos que otra cosa. O simplemente también están viendo la suya, aunque sea desde una escala mucho más pequeña.
Eso se nota muchísimo en el periodismo musical chileno, si es que todavía podemos llamarlo así. Gran parte de lo que existe hoy funciona más como relaciones públicas que como periodismo. Hay poca crítica, poco análisis y demasiada dependencia del acceso. Muchos proyectos sobreviven gracias a acreditaciones, entradas gratis o invitaciones. La acreditación profesional muchas veces termina siendo simplemente una entrada liberada disfrazada de cobertura periodística. Entonces nadie quiere incomodar demasiado a las productoras, perder acceso o quedar fuera de las listas. Y así se termina construyendo un ecosistema donde casi nadie cuestiona nada.
Las crónicas parecen más la reacción emocionada de un fan que la mirada aguda de alguien observando críticamente una industria. Mucho fotorreportaje, mucho contenido pensado para Instagram y muy poca escritura que realmente invite a pensar algo más profundo sobre lo que está pasando con la cultura en Chile.
Quizás por eso me vino inmediatamente a la cabeza la canción “Ganaron los malos” de El Cuarteto de Nos, para titular esta columna:
“Ganaron los malos, gritaron más alto, jugaron más sucio, fueron más astutos, nos acorralaron”.
Porque al final muchas veces no se trata solamente de que los malos sean malos. Se trata de que entendieron muchísimo mejor cómo funciona el poder, mientras el resto sigue creyendo que las cosas se sostienen solamente con buenas intenciones, talento y pasión.
Y en un país donde el mundo cultural sigue funcionando de manera fragmentada, desorganizada y profundamente precarizada, eso termina dejando el camino completamente despejado para quienes sí tienen estrategia, recursos y capacidad de imponer su modelo cultural sin demasiada resistencia.

