Hay una idea que se repite con insistencia casi reflejo: lo nuestro hay que protegerlo. La música chilena, el arte chileno, los creadores chilenos. La intención es comprensible —y, en muchos casos, necesaria—, pero el problema aparece cuando esa protección se vuelve un cerco. Porque en un ecosistema cultural atravesado por internet, plataformas digitales e hiperconectividad, cerrar demasiado puede terminar asfixiando lo mismo que se quiere resguardar.

Hoy la circulación cultural ya no responde a fronteras. Responde a afinidades, algoritmos y colaboraciones. Basta mirar lo que ocurre en la música popular: Shakira trabajando con Bizarrap, o Rosalía cruzando lenguajes con artistas de distintas escenas. Incluso en una escala más cercana, proyectos chilenos han entendido que el diálogo internacional no es una traición a la identidad, sino una extensión natural de ella. La colaboración dejó de ser excepción: es la norma.

Frente a ese escenario, insistir en una lógica de resguardo excesivo empieza a parecer más defensivo que estratégico. Porque cuando la principal herramienta para posicionar la música local termina siendo la obligación —cuotas radiales, políticas de programación forzada—, lo que se transmite, aunque no sea la intención, es que esa música necesita ayuda para ser escuchada. Y ese es un punto delicado: cuando el acceso se fuerza, el interés no necesariamente se construye.

Esto no invalida el rol del Estado ni de instrumentos como los fondos culturales. Al contrario, su existencia tiene pleno sentido en mercados pequeños como el chileno, donde el músculo financiero y la escala son limitados. El problema no está en apoyar, sino en cómo se concibe ese apoyo. Si la lógica es proteger hacia adentro, el crecimiento tiene techo. Si la lógica es proyectar hacia afuera, el horizonte cambia por completo.

Chile no es un mercado autosuficiente. Nunca lo ha sido. Pretender que lo sea, o diseñar políticas culturales bajo esa premisa, es desconocer una condición estructural. Los proyectos musicales, por definición, necesitan ampliar su alcance para sostenerse en el tiempo. Y en ese camino, la identidad no se pierde: se transforma, se mezcla, se resignifica.

Entonces la discusión de fondo no es si debemos elegir entre nacionalismo o globalización. Esa dicotomía, en la práctica, ya quedó obsoleta. La globalización cultural no es una tendencia: es el contexto. La pregunta relevante es otra: ¿cómo hacemos que lo que nace aquí tenga la capacidad real de circular allá?

Porque quizás el error ha estado en intentar convencer al mundo de que escuche “música chilena”, como si la etiqueta fuera el principal atributo. Cuando en realidad, lo que ha demostrado funcionar es exactamente lo contrario: hacer música capaz de insertarse en conversaciones globales, sin pedir permiso, sin justificar su origen, sin necesitar traducción cultural.

Ahí hay un cambio de enfoque urgente. Pasar de la protección a la proyección. De lo identitario como límite, a lo identitario como punto de partida. Entender que lo “nuestro” no se debilita cuando sale, sino que se fortalece cuando encuentra nuevos espacios de resonancia.

En un mundo donde todo circula, encapsular es desaparecer lentamente. Expandir, en cambio, es asumir la única lógica que hoy parece sostenible: la de pertenecer, al mismo tiempo, a lo propio y a los de todos.

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