Hay aniversarios que sirven para ponerse nostálgicos, pero no éste, porque el verdadero problema de “Pateando piedras” no es que haya cumplido cuatro décadas. El problema es que sigue pareciendo escrito ayer.

El 15 de septiembre de 1986, cuando apareció el segundo disco de Los Prisioneros, Chile vivía uno de sus momentos más duros: dictadura, represión, falta de oportunidades, desigualdad obscena, miedo, rabia acumulada y una juventud criada con la sensación de que el futuro siempre estaba reservado para otros. Era un país donde había que aprender temprano a resignarse.

Cuarenta años después, uno escucha “Pateando piedras” y da una lata tremenda admitir que seguimos demasiado cerca de ese Chile. Más maquillado, más tecnológico y más moderno en la superficie. Disponible en la tienda de aplicaciones, pero demasiado parecido en el fondo.

Un Chile donde los pobres siguen yendo a la cárcel mientras los ricos van a clases de ética, donde a alguien pueden vaciarle la cuenta bancaria y quedar botado entre call centers, trámites y explicaciones absurdas, mientras las Isapres pueden negociar sus repactaciones en cómodas cuotas de mil pesos. Un país donde estudiar todavía no garantiza nada. Donde el esfuerzo sigue siendo importante, pero no alcanza cuando otros parten la carrera veinte metros adelante.

Y ahí está una de las razones por las que “Pateando piedras” envejeció tan bien: porque Chile envejeció mal. O peor dicho, porque Chile hizo muy poco por dejar de parecerse al país que Jorge González retrató en 1986.

Antes de “Pateando piedras”, Los Prisioneros ya habían remecido la escena con “La voz de los ‘80”. Pero este disco fue otra cosa. Aquí dejaron de ser una banda incómoda de San Miguel para transformarse, sencillamente, en la banda más importante de Chile. No solamente porque escribieran canciones pegajosas o himnos generacionales, sino porque entendieron algo que muchas bandas siguen sin comprender: cuando una canción logra decir algo importante sobre la vida de las personas, deja de ser solamente música y se vuelve imposible de ignorar.

Musicalmente, “Pateando piedras” tampoco es un disco tan simple como muchas veces se le recuerda. No es un álbum conceptual ni pretende contar una historia cerrada, pero sí tiene una coherencia emocional evidente. Hay frustración, rabia, desigualdad, ganas de escapar, miedo al fracaso, fragilidad emocional y una sensación constante de desencanto. Algo en el disco parece estar diciéndonos, de principio a fin, que el futuro prometido no llegó para todos.

Todavía sobreviven ciertos rastros del origen más punk y guitarrero de la banda en canciones como “¿Por qué no se van?”, “Independencia cultural”, “Por qué los ricos” o “Exijo ser un héroe”, pero al mismo tiempo Jorge González ya estaba mirando hacia otro lado. Más plástico en la forma, más sintético en la búsqueda sonora, aunque profundamente humano en lo que transmitía. Porque si algo deja claro este disco es que Jorge estaba enamorado de la electrónica, del post-punk y de un sonido mucho más cercano a New Order o Depeche Mode que al rock latinoamericano de mediados de los ochenta.

“Muevan las industrias” es quizás el mejor ejemplo de aquello. Tiene un pulso mecánico, una frialdad electrónica muy marcada y una tensión sonora que todavía hoy se siente moderna. Algo parecido pasa con “Por favor”, “Una mujer que no llame la atención” o incluso “El baile de los que sobran”, canciones donde los sintetizadores ya no aparecen como adorno, sino como parte de un lenguaje propio que Jorge González terminaría profundizando años después.

Escuchar hoy “Pateando piedras” también permite reconocer algo interesante: varias de las grandes preguntas que acompañaron la carrera de Jorge González ya estaban aquí. No resueltas, no necesariamente desarrolladas del todo, pero sí insinuadas. “Una mujer que no llame la atención”, por ejemplo, parece una especie de antecedente de “Corazones rojos”. Está ese hombre inseguro, controlador, incómodo frente a una mujer que puede destacar más que él, revelando que muchas veces el machismo nace menos desde la fortaleza que desde el miedo.

“Por favor”, por otra parte, ya contiene algo de lo que más adelante terminaría cristalizando en “Por amarte”. Hay una vulnerabilidad masculina poco habitual para el Chile de la época, una honestidad emocional que no teme reconocer inseguridad, dependencia afectiva y miedo a perder. Incluso podría decirse que existe una línea emocional que comienza en “Eve-Evelyn”, se desarrolla en “Por favor” y alcanza una nueva profundidad en “Por amarte”: hombres que aman mal, que se equivocan, que tienen miedo y que no saben muy bien qué hacer con sus emociones.

Algo parecido ocurre con “Independencia cultural” o “¿Por qué no se van?”, canciones que ya contienen parte de esa mirada sobre Chile que años más tarde reaparecería en “Tren al sur”. Ahí está esa relación incómoda con nuestra identidad, ese deseo permanente de parecernos a otros y esa sensación de que lo extranjero pareciera tener automáticamente más valor. Dígase extranjero supremacista, claro: extranjero gringo, europeo o coreano. de ningún modo extranjero venezolano, peruano o haitiano. Jorge González entendió muy temprano algo que seguimos arrastrando hasta hoy: a Chile le cuesta quererse.

Y esa contradicción sigue siendo brutalmente actual. Nos gusta hablar de identidad nacional, emocionarnos con la chilenidad en septiembre o sacar pecho cuando un artista chileno triunfa afuera, pero cuando toca defender medidas concretas para fortalecer lo propio —como garantizar un espacio razonable para la música chilena en las radios— las resistencias aparecen de inmediato. Mucho amor por lo chileno en el discurso, bastante menos cuando toca actuar en consecuencia.

Hay discos que retratan una época. “Pateando piedras” parece haber retratado cuarenta años, y quizás más. No es un disco futurista, sino visionario. No porque Jorge González tuviera poderes especiales ni porque fuera una especie de profeta pop, sino porque entendió demasiado bien cómo funciona Chile: sus élites, sus desigualdades, sus promesas incumplidas y la facilidad con que este país aprende a normalizar la frustración de quienes quedan abajo.

“Muevan las industrias” hablaba de un país que empezaba a dejar de producir para aprender a importar. De una economía que comenzaba lentamente a abandonar la industria real para transformarse en un espacio donde parecía más rentable mover dinero, especular y revender antes que fabricar algo propio. Escucharla hoy da rabia, porque cuarenta años después seguimos atrapados en una discusión parecida, viendo cómo se celebra el crecimiento mientras demasiada gente apenas llega a fin de mes y producir pareciera importar cada vez menos.

“¿Por qué no se van?” e “Independencia cultural” también siguen golpeando fuerte. Jorge González se ríe ahí de un esnobismo muy chileno, de ese clasismo cultural donde pareciera que lo extranjero siempre es mejor, más refinado, más inteligente. El chileno que dice “shile”, el que mira con desdén lo popular, el que necesita que venga alguien de afuera a decirle que algo vale la pena para recién sentirse orgulloso.

Y después está “El baile de los que sobran”, probablemente la canción social chilena más vigente de las últimas décadas, precisamente porque nunca fue panfletaria. Jorge González no escribió consignas ni himnos de partido. Escribió una sensación compartida: la frustración de quienes hicieron todo lo que supuestamente había que hacer y aun así quedaron mirando desde afuera.

Por eso fue tan brutal lo que ocurrió durante el estallido social de 2019. Mientras se viralizaban videos de licenciaturas y despedidas de cuarto medio, los estudiantes no estaban cantando “Locos Rayados” de Cinema. Treinta y tres años después de que la dictadura impulsara proyectos musicales como el de Scaramelli para competirle a lo que representaban Los Prisioneros, seguían cantando “El baile de los que sobran”. No por nostalgia, sino porque el problema seguía ahí.

Chile sigue siendo un país donde estudiar no asegura movilidad, donde las reglas  funcionan distinto dependiendo de cuánto dinero tienes, donde la gente común vive con miedo a endeudarse o perderlo todo mientras otros pueden coludirse, negociar castigos, producir series para Amazon o Netflix pasando por encima de la dignidad de personas reales y seguir adelante como si nada. Total, la ley lo permite. Y acá nos enseñaron que ser un buen ciudadano consiste en respetar las reglas, aunque muchas veces las reglas parezcan escritas para que ganen siempre los mismos.

Hay otra lectura de “Pateando piedras” de la que se habla poco y que también envejeció sorprendentemente bien: los hombres que aparecen en estas canciones. No son héroes ni personajes invencibles. Son hombres agotados, confundidos, inseguros y muchas veces derrotados emocionalmente. “Exijo ser un héroe” muestra a alguien cansado de sacarse la cresta sin reconocimiento. “Una mujer que no llame la atención” expone a un hombre incapaz de tolerar el brillo de la mujer que ama porque su propia inseguridad termina convirtiéndose en control. Y “Por favor” pone en primer plano algo poco común para 1986: un hombre vulnerable, expuesto y aterrorizado ante la posibilidad de perder. En un país donde al hombre se le enseñaba a endurecerse, Jorge González escribía canciones sobre hombres frágiles, y eso también era profundamente revolucionario.

Muchos podrán argumentar que existen músicos más virtuosos, bandas técnicamente más complejas o compositores más sofisticados. Está bien. El cuarto lugar entre los grandes compositores chilenos que se lo peleen entre quienes quieran. Pero arriba cuesta mover a Jorge González, Violeta Parra y Víctor Jara. Los tres entendieron algo fundamental: escribir canciones no consiste solamente en encontrar una melodía memorable, sino en tener algo verdadero que decir sobre la realidad, social o emocional, que te tocó vivir.

Por eso “Pateando piedras” sigue sonando tan vigente. No porque Jorge González haya querido adivinar el futuro, sino porque Chile hizo demasiado poco por dejar atrás el país que él ya había entendido en 1986. Cambió el decorado, llegaron las pantallas, las aplicaciones y las promesas de modernidad, pero debajo de todo eso siguen apareciendo demasiadas heridas conocidas. Un Chile de dictadura, pero en HD.

Y eso, más que emocionante, da un poco de rabia.

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